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Girls – Father, Son, Holy Ghost: buscando un amor divino

Publicado el 15 sep por Raul

girls father son holy ghost

girls father son holy ghost 300x300 Dice Lemmy Kilmister, sobre Little Richard, que un negro homosexual de Georgia en los años 50 como él, solo podía haberse dedicado a hacer Rock, imposible imaginarlo de otra manera. Algo parecido podríamos decir de Christopher Owens, cuya infancia ha dado como fruto una capacidad insólita para hacer canciones, casi de manera natural.

Owens nació como parte de la secta Children Of God (literalmente “Los Niños de Dios”), una organización surgida durante el movimiento Hippie que, entre otras cosas, creía en el aislamiento de los niños para que no recibieran influencias del exterior, manteniendo así su “pureza” moral. A los diez años ya agarró una guitarra, aunque solo tocara canciones cristianas por aquel entonces. Su primer acercamiento al pop fue con Dangerous, el disco de 1991 de Michael Jackson, con quien se sintió fuertemente identificado.

En su primer disco, Album (True Panther Sounds, 2009) se juntó con su amigo Chet “JR” White, quien le ayudó en temas de grabación y facturaron un disco con influencias muy claras pero que sonaba fresco y muy personal, apartándolos de todas aquellas bandas que han intentado hacer su propio Pet Sounds sin éxito. Una voz similar a Elvis Costello y canciones en la línea de los Beach Boys más espirituales. Owens escribió canciones de desamor clásicas, que hoy en día pueden parecer incluso inocentes, pero que en ningún momento parecían impostadas, pues su tristeza se podía casi palpar.

Al escuchar “Honey Bunny” de este segundo disco podríamos pensar que el dúo de San Francisco iba a sonar continuista, pero la apuesta era muchísimo más arriesgada que eso. El “preludio” de este Father, Son, Holy Ghost (True Panther Sounds, 2011) es un tema de corte clásico sobre un amor platónico (“sé que estás en algún lado”) que, inexplicablemente, Owens hace que sea creíble y resulte divertido. Pero a partir de “Alex” el disco alcanza el nivel de clásico.

Todo un homenaje al pop escrito con letras de oro, Doug Boehm (Drive-By Truckers) consigue que la voz de Owens suene con matices extraordinarios, que hacen que la letra infantil de “Alex” resulte trascendental. La historia de un amor no correspondido por una chica idealizada, tantas veces escrita, suena espiritual y trágica. En “Die” se sueltan la melena y se apuntan a una suerte de rock progresivo producido como los ángeles, algo muy difícil de encontrar en un disco actual. “Saying I Love You” es cursi, cierto, pero también graciosa y con buen gusto en las guitarras.

Llegados a la mitad del disco, en “My Ma” tenemos una preciosa balada en la que Owens reprocha a su madre no haber cuidado de él cuando lo necesitaba, dejándolo desorientado, sin encontrar sentido a su vida y buscando el amor como escapatoria casi divina. La voz de Christopher suena especialmente emotiva, y los coros finales señalan con solemnidad directamente al cielo. La épica “Vomit”, elegida como primer single del álbum, resulta íntima a pesar de su espectacularidad. Un canto de amor desesperado, que suena a clásico setentero, una canción que parece que hayamos escuchado con anterioridad, solo por el hecho de ser brillante, algo que ocurre varias veces en las primeras escuchas de este disco.

“Just A Song” se sirve de flautas, guitarras y arreglos de cuerda para dar cuerpo a una canción en la que perderse entre sus acordes, la repetición de “love is just a song” hasta que la voz se diluye, funciona como un instrumento más. En “Magic”, Owens recuerda a los clásicos pop que sigue facturando Edwyn Collins, un tema alegre sin complejos. “Forgiveness” es la culminación del disco, un éxtasis con un solo final que sabe a gloria. Cocida a fuego lento, contiene algunas de las mejores líneas de Owens, que habla del perdón como vía para encontrar sentido a la vida, dejar el pasado a un lado para poder ver el presente con claridad.

El álbum termina con “Love Like a River”, con una estructura similar a los clásicos de Fats Domino como “Blueberry Hill”, y Jamie Marie, una canción de despedida, con teclados a lo Bob Dylan hacia el final y de estructura similar a la “Lauren Marie” de Album.

Father, Son, Holy Ghost es uno de los discos de mejor factura de los últimos meses, que confirma a Girls como banda a seguir y que da por válida aquella teoría de que íbamos a vivir una década de discos plagados de influencias de todas las épocas y géneros, sin complejos por las modas de turno, ahora que las modas ya no parecen importarle a nadie.

Raúl Pérez

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